Grito 2: “Esperanza”
¿Donde está la Esperanza?
Creo que fue Aristóteles el que dijo: “La esperanza es el sueño del hombre despierto.” Ahora un ejercicio rápido, cierra los ojos, sueña, sueña con construir una casa, correr contra el viento dejando que la brisa cálida del campo te despeine disimuladamente, sueña con el júbilo del atardecer dorado y con el día de mañana que aún no llega pero que pronto brotará en frutos maduros y listos para la cosecha, ahora abre los ojos.
Te presento a Gerardo, el será nuestro guía por el safari urbano, junto a él encontraremos muy pronto la “Esperanza”.
Caminemos, sigamos a ojos cerrados los pasos de nuestro joven guía, como aquellos caballos de tope no dejemos que el paisaje alrededor nos confunda, quizá y no sea el paisaje, si no el hedor. Me concentro, pero pronto me distraigo observando los rostros de los niños en las angostas alamedas y quedo retrasado en el camino.
Al final de un rato de caminar llegamos a la Esperanza. Les presento a casi setenta familias hacinadas en menos de 100 metros, y ella es doña Carmen, la señora que sonríe, líder comunal.
Quisiera decir que “la Esperanza” son niños, son hombres y son mujeres. Pero no, no lo son, la Esperanza es nada, ellos son menos que nada, porque nadie sabe que están ahí, son una sombra de una ciudad que levanta grandes edificios, son el sarro grotesco que nace en las orillas de las vitrinas en San José. Son los nadies de Galeano, y solo ellos saben que existen, si es que existen.
Cierran los ojos, tosiendo, con llagas en el cuerpo, con un frío espeluznante, se hacen un puño, los hermanos, las madres, los padres, las familias descompuestas y reparchadas y furibundas, se amasan detrás de una bolsa negra de basura, bandera insigne de su futuro.
Sientes el hedor, es olor a caca, al menos eso es lo que ellos piensan, y ojala fuera eso solamente, tan bueno sería que fuese sencillamente mierda.
En el bajo se acumulan todas las aguas que vienen de arriba, de las casas lindas de Guachipelín, de los grandes comercios de la calle ancha, pero no solo eso, si no también las aguas del hospital, a litros bajan los desechos hospitalarios, una fuente borbollante y fétida de gérmenes y enfermedades que se rebalsan en los días de lluvias y que cubren más arriba de la cintura a aquellos ranchos que se caen cada invierno, cada año.
Ves ese niño, el mas pequeño, el de carita alargada por el hambre, ojos negros y pequeños, la última vez se encontraba de cuatro patas como un perro, llorando, temblando, y ella su madre, con un valor sobrehumano explicado solo por el instinto materno, lograba alzar sus manos para poder sacarle del trasero cordones semovientes, gusanos, parásitos que se le desenroscaban del intestino.
Y aquellas tres abuelas, viven en un solo rancho, nadie vela por ellas, ni siquiera los santos de la iglesia tienen misericordia, quien vendrá al infierno por personas que sólo existen en lugares muy lejanos! en el África, en las favelas de Brasil, o en Nicaragua como pensaran algunos, pero jamás a treinta minutos de sus casas.
Son los olvidados de los olvidados, ni siquiera la gente pobre que vive en los precarios colindantes saben de ellos, la esperanza pareciera no existir el en mapa, la cubrió la mierda, se la comieron las ratas.
La Esperanza se canso de esperar, y decidieron salir corriendo, tan lejos como se pueda, y corrieron y corrieron, pero tan solo les alcanzo para correr unos cuatro o cinco metros. Al lado del agua empozada, se levanta una pequeña ladera, la propiedad es del Gobierno, así que nada importa, ¿y si fuera privada?, tampoco importa; solo quieren sacar a sus niños de la miseria del olvido y subir a la ladera donde los vientos de diciembre botarán sus ranchos, pero no es preciso pensar en eso ahora, porque al menos hoy tendrán 5 latas y una bolsa que los proteja del frío y los aleje de la miseria de la Esperanza
Es quizá la primera invasión documentada. Mientras el camarógrafo toma video de los nadies pasándose de abajo a arriba, una sonrisa tierna se dibujan en la cara áspera de un par de niños. Arrancan los pedazos de madera que quedaban en pie, aquellos que las aguas negras no habían destruido y a hombros los suben a la ladera.
El frío aquí arriba es más hijueputa, arranca mas el morado de las pieles morenas y quemadas de los habitantes de la esperanza, bueno, aquí arriba ya no es la esperanza, es la Nueva Esperanza, nos dice Doña Carmen sonriendo de orgullo. La otra queda abajo, a la espera de que la municipalidad baje con un tractor y termine de destruir lo que quedaba.
Muy enflaquecidos seis hermanos duermen y se esconden bajo otro cerro de bolsas plásticas; su padre parchea en chepe centro, y todo mundo sabe que la municipalidad ahora talla mucho con eso, así que se come poco, pero si se come, por que entre los vecinos se dan la mano, y se raspa la olla hasta donde alcance.
Ya repartieron las parcelas, cada quien está armando su casa, (¿será posible llamarla así; casa?) no cabe un alma mas, aún así doña Carmen nos sonríe, las personas generan un calor humano que no se puede describir.
La Esperanza es Nueva, y deja en cada uno de nosotros una marca indeleble, un recuerdo imborrable que es necesario compartir. La brisa aquí no es cálida, más bien es fría y putrefacta, cada atardecer es un infierno, cada noche es un nuevo tormento, y el temor a vivir y abrir los ojos una vez más cada mañana permanece en las almas de los nadies de la Nueva Esperanza.
Esperanza, Tugurio de Pavas, San José, Costa Rica, 2008


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