este pavimento
Juego a conocer las esquinas de San José, a driblar alfiles con sombrillas que se mueven en el adoquinado de la Avenida Central, juego a colarme en filas procurando sigilo en el asalto del espacio… aunque nunca llevo prisa alguna, a sentarme junto a las conversaciones interesantes y escuchar con cuidado los problemas de los demás lo que me obliga finalmente a morderme la lengua para no soltar mi inoportuna apreciación, juego a no majar las ranuras de la acera que se repiten cada dos o tres pasos y cuando por error no atino una zancada y desdichadamente majo una de las líneas me lo reprocho el resto de la cuadra. Luego, me da por cuestionarme sí todos los semáforos alumbran con la misma intensidad, o si existe relación entre los zapatos de las personas y sus personalidades, subo a comer un emparedado sobre el Hotel Plaza y cuento el número de personas que no resisten dar una nalgada a la negra hermosa de hierro que adorna a media calle, me cuesta no entablar discusiones hostiles conmigo mismo cuando camino en soledad, aunque esto me produce la gesticulación de horribles muecas que la gente atiende como locura o escaza sobriedad. Una banca de metal, un techito donde escampa gente con los hombros encogidos, una avenida, un rotulo percudido, esto, lo otro, cada cosa pareciera inevitablemente contarme una historia que ya viví o en su defecto me espera. Cómo no amar y odiar este pavimento que se levanta de este a oeste en hilos de calles delgadas, salpicadas de verde, de techos viejos y oxidados que se pueden ver desde el puñado de edificios que se dispersan como vidrios rotos en el suelo sobre la estructura desordenada de lo que pareciera una ciudad de familias donde todos se conocen o conocen a alguien que te conocen o que estas a punto de conocer.