el aguacero
Sentados por la tarde desde el balcón se podía ver todo, claro todo no era mucho en realidad, pero a esa edad aquel pueblo resultaba gigante, pero aún mas grande era ver aquella columna de agua acercarse, venía el aguacero desde más allá de los últimos techos malpintados que lográbamos ver en el horizonte, sentados apenas percibíamos alguna garuaba, pero el paisaje a lo lejos empezaba a grisear, es posible ver el avance imponente de las gotas que cada vez más pesadas se acercaban a nosotros, como una manta que lentamente venia cubriendo todo aquel pueblo hasta que de cualquier manera nos pasaba por encima a nosotros, luego de algunas horas escampaba y yo podía regresar a casa.
El balcón sigue estando en la misma calle y lo veo de vez en cuando, extrañando esa capacidad para ver el mundo sin necesidad de esta corbata o estos zapatos, extrañando ser niño, extrañando amigos, extrañando con estas putas ganas estar de nuevo disfrutando del aguacero, que ahora corre en dirección contraria.