Que increíble sensación a frío
Que increíble sensación a frío, paraliza la lengua, y deja un sabor a seco en el borde de los labios. Cuando uno logra percatar la soledad, sus palabras huecas, su retórica ingrata, su compañía interminable, su presencia invisible, uno se convierte más en ser humano, y menos en un animal fantástico.
Las personas alrededor ocupan el espacio pero no hacen más que llenar el aire con ideas flacas y descarnadas. Yo, sólo. Y luego la ventana que me aparta, como un hilo de plata, y me recuerda la idea de estar adentro y no afuera, me obliga a privarme de la lluvia, del viento, del polvo, de todo aquello que me hace animal. La corbata, la camisa, las hojas blancas, la silla, una lista interminable de grilletes contemporáneos que me atan a la idea de ser un humano.
Mi bestia. Ésta que llevo por dentro, que quiere ser y que la reprimo con fuerza, aplastada bajo ladrillos de historia, de cultura, de pueblo, de humanidad, aún la escucho gemir, casi con un pequeño sonido abatible, que se me escapa por las tardes, cuando paso por el parque, cuando me siento en una banca de piedra, sucia, fea, cuando levanto con lentitud la mirada, cuando me escapo por una ventanita del cielo que quisiera guardar para siempre, en la que me quiero quedar indeterminadamente, hasta que me aburra, hasta que me muera, o hasta que resucite.
Como deseo tener en la punta de los dedos la magia del animal que pinta, que toma en un cuadro instantáneo la belleza de ese pelo de luz que atraviesa por mi ventanita que une las puntas de los árboles de las puriticas puntas, por que de eso estoy seguro, los árboles no se caen por que estén plantados en el suelo, si no por que están guindando de las nubes atados por esos guindajos de luz.
Pero no. No soy el animal que pinta con los dedos, ni el que hace de la melodía su voz, su propio alimento, mas bien soy el otro animal, aquel que se explota por dentro, que nunca está, cuando se mimetiza en el pavimento, que sale de cacería con una idea de almas, con una insaciable necesidad de tocar el espíritu de todas las cosas, por que es allí, en los corazones ajenos donde me alimento, donde encuentro la supervivencia.
Que instinto raro, el de bestia, el de animal, el de ser cosa y no persona, el de resistirme a ser tentado por la brisa, al viento que odio, por que me toca y no puedo verlo, y aquello que veo, no me toca aunque lo intente, no por que yo no lo permita, sino por que no lo siento, por que he perdido detrás de mis saco y de mi corbata y los zapatos lustrados la sencibilidad que me hace una bestia. Ahora, apoderado de mi, el ser humano, que es dueño de mis pasos, que pisotea mi animal, que se acuerda de que ya han pasado diez minutos, de que el tiempo avanza. Primero se ríe de mi ventanita, de mi idea de los árboles. Ya voy tarde, me debo de ir, continuar.
Quizás, mas tarde regrese la bestia.


“Que instinto raro, el de bestia, el de animal, el de ser cosa y no persona…” por que seguir las normas y no ser uno mismo, por que no intentar hacer siempre lo que uno quiere y lograr sus cometidos de la manera que consideremos correcta y no dejar que los demás decidan por uno… es acaso preferible? porque ser persona? para calzar dentro de una sociedad que así lo ha predispuesto? y si quiero ser como yo soy?
me encanta como escribes!!! Felicidades ;o)